Mi hermana guardó las cartas que mi viejo nunca mandó y yo las leí todas en el velorio
Mi viejo murió en marzo, en el departamento de Boedo donde vivió cuarenta años. Cuando fuimos a ordenar sus cosas, mi hermana Graciela sacó de abajo de la cama una caja de zapatos Grimoldi atada con una cinta de tela verde, y me dijo en voz baja que la había encontrado dos semanas antes pero no había sabido cómo decirme nada. Adentro había diecisiete cartas escritas a mano, sin sobre, sin fecha, todas dirigidas a una mujer que no era mi madre. No eran cartas nuevas: el papel estaba amarillo, la letra era la de un hombre joven, y en alguna hablaba de 'cuando nuestro hijo tenga uso de razón', que era una frase que yo había escuchado decirle a él sobre mí cuando era chico. Le pregunté a Graciela si ella sabía algo y me dijo que sí, que lo sabía desde los dieciséis años y que había prometido no decirme nunca. Guardé las cartas, las até de nuevo con la cinta verde, y las puse en el cajón de mi mesa de noche, donde siguen. No sé si tengo un hermano o una hermana en algún lado, y tampoco sé si quiero saberlo.
