Estaba atendiéndola el jueves a las seis de la tarde, acá en el local de Devoto, haciéndole las manos. Me pasó el celu para que le mostrara la carta de colores que tengo en Instagram y la pantalla quedó abierta en un chat de WhatsApp. El nombre del contacto era el nombre de la marido de otra clienta mía. No el nombre, el apellido también: 'Rodrigo Gómez', como figura en el formulario de turnos de ella. Le elegí el color más rápido que pude, le devolví el celu y no dije nada en toda la sesión. Cuando se fue me quedé mirando el tapete de trabajo y estuve diez minutos sin poder levantarme. La otra clienta tiene turno el martes que viene y todavía no sé si voy a poder mirarla a la cara.