un tipo en la feria de Parque Centenario me pidió que le leyera una dirección escrita a mano y reconocí la letra antes de entender por qué
Era sábado a la mañana, como las diez, dando una vuelta por los puestos de libros de Parque Centenario. Un hombre de unos sesenta y pico, campera gris, me paró antes de llegar al puesto de las plantas y me mostró un papelito doblado: 'disculpá, ¿me leés esto que no tengo los anteojos?'. Era una dirección en Caballito, Rojas al 300, y debajo una hora: 11:15. La letra era redonda, con las 'a' cerradas y la 'R' con ese gancho raro. La reconocí porque era la misma letra de las cartas que mi tía Graciela le mandaba a mi vieja desde acá cuando éramos chicos, antes de que se pelearan para siempre. Le leí la dirección sin decir nada, él me agradeció y siguió de largo apurado. Me quedé parado entre los puestos un rato, con el papelito todavía en la cabeza. Como decía mi viejo, hay cosas que uno ve y no puede desveer.
