El domingo a la tarde llevé a mi hermano Rubén desde Pompeya hasta Lanús. En el viaje me estuvo preguntando cómo arrancarle conversación a su hijo Damián, que tenía 19 y no le daba bola. 'Raul, ¿cómo le digo que quiero conocerlo de vuelta?', me preguntó justo en el puente. Esa misma noche me llama Damián, el chico, para pedirme que lo lleve a Constitución, y en el camino me dice: 'Tío, necesito consejos para hablar con papá, no sé cómo arrancar'. Los dos me pidieron exactamente lo mismo, con las mismas palabras, y ninguno sabía que el otro me había llamado. Yo te digo una cosa: los dejé a los dos con las ganas, porque si les cuento, se me cae el taxi de vergüenza ajena.