Le avisé al encargado del club que el bandoneónista nuevo no sabía tocar y esta noche me pidieron que lo reemplazara yo, que llevo cuatro años sin ensayar
Hace tres meses, en el club social de Boedo de Rondeau al 200, le dije al encargado Ferreyra que el pibe nuevo no tenía nivel para las milongas del viernes. Se lo dije sin mala leche, che, se lo dije como quien sabe: 'ese chico no llega ni al arranque de La Cumparsita'. Esta noche Ferreyra me llama a las 20:15 para avisarme que el pibe nuevo se lastimó la mano y que yo era el único que podía cubrir. Me quedé mudo un momento, el mismo silencio que como decía Discépolo vale más que mil palabras. Tuve que confesar que mis dedos ya no responden igual, que el bandoneón está guardado desde el velorio de mi mujer, hace cuatro años. Fui igual, me senté ante el instrumento y en el tercer compás se me notó todo: el óxido, la vergüenza, los años. Ferreyra no dijo nada, pero tampoco hizo falta.
