Le pregunté a mi compadre Héctor por qué no había ido al velorio de su padre y me dijo que no sabía que el viejo había muerto
Héctor y yo nos conocemos desde el cincuenta y pico, del barrio de Boedo, de cuando jugábamos a la pelota en Maza y Garay. Esta tarde nos cruzamos en el café de la esquina de Castro Barros, tomando el primer cortado del día, y le pregunté por qué no lo había visto en el velorio de don Pascual el jueves pasado. Me miró como si le hubiera pegado una trompada: 'el viejo murió?', me dijo, con esa voz que hace el hombre cuando algo le pega de costado. Sus hermanos lo habían dejado afuera de todo, ni un llamado, ni un telegrama, nada — entendí enseguida que era el pleito viejo por la casa de Parque Patricios, ese que ya tenía diez años de silencio de por medio. Le conté lo que pude, fecha, hora, el nombre del velatorio en Avenida La Plata al 400, le dije que don Pascual había preguntado por él hasta el final según me contó la cuñada. Se quedó con el cortado sin tocar hasta que se enfrió. No sé si lo que hice estuvo bien o mal, che, pero había cosas que él tenía derecho a saber.
