Todos los martes me junto con Pereyra en el bar de Independencia y Salta, desde hace no sé cuántos años. Esta tarde le dije que Ruggiero, el que daba clases en el Club Español de Boedo, nunca había pisado ese salón, que yo era testigo y que esas cosas las sé. Pereyra no dijo nada: buscó en el bolsillo interior del saco y sacó una foto en blanco y negro, tamaño carnet, con Ruggiero y yo del otro lado abrazados, y en el dorso mi letra que decía 'Club Español, julio del 74'. Quedé mudo con el café en la mano. Lo peor no fue la foto: fue que yo mismo había escrito la fecha, como si en algún momento hubiera querido dejar prueba contra mí mismo.