El kiosquero de Río de Janeiro y Boedo me dio el vuelto con un papel doblado adentro que no era para mí
Cuarenta años comprándole cigarrillos al mismo kiosco de Río de Janeiro y Boedo, y el viejo Carmelo siempre fue hombre de pocas palabras y mucha honra. El martes pasado, como a las seis de la tarde, me dió el vuelto de los Particulares livianos y entre las monedas había un papel doblado en cuatro con un nombre escrito en birome azul: el de mi señora. Me quedé helado en la esquina, lo desplegué ahí mismo y decía 'decile que no puedo más verla acá'. Volví al kiosco, le puse el papel sobre el mostrador sin decir nada, y Carmelo lo miró, me miró a mí, y bajó los ojos. Caminé hasta casa despacio, como decía Discépolo: la verdad a veces llega en moneda suelta. Ella estaba en la cocina cuando entré, y yo todavía no sé si fui cobarde o sabio en no decir nada esa noche.
