Fue en agosto del año pasado. Ella entró al local el lunes con esa cara de 'necesito hablar' y me empezó a contar que el sábado en la previa de Pompeya su novio había desaparecido como dos horas y ella no entendía qué había pasado. Yo supe exactamente qué había pasado porque yo era lo que había pasado. Le pinté las uñas en color borgoña, bien prolijitas, sin decir nada, mientras ella me preguntaba '¿vos que harías?'. Le dije 'hablaría con él' y le cobré la mitad. Vino cuatro veces más esa semana con distintas excusas y yo le hacía todo gratis porque no sabía cómo salir de eso. El viernes me contó que habían cortado y yo puse cara de sorpresa. Todavía viene al local.