Mi compadre Héctor llevaba doce años diciéndome que iba al café a 'leer el diario' y esta tarde lo vi salir del consultorio de una psicóloga con los ojos hinchados
Héctor es mi amigo de toda la vida, nos conocemos del club de Boedo desde el setenta y pico. Esta tarde, caminando por Sánchez de Loria casi Independencia, lo vi salir del primer piso de un edificio color ladrillo a eso de las 18:15, con una carpeta verde bajo el brazo y la cara de quien acaba de llorar en serio. En el vidrio de la puerta decía 'Lic. en Psicología, consultorio 1A'. Me vio antes de que yo pudiera hacerme el distraído, y lo primero que dijo fue 'vengo del dentista', con una calma que me dolió más que una mentira torpe. Le dije que sí, que claro, y nos despedimos con el abrazo de siempre. Esta noche no lo llamé, porque hay cosas que un hombre guarda no por falsedad sino porque todavía no encontró las palabras, y eso, como decía Discépolo, ya es bastante verdad.
