Fue el martes pasado, cruzando Juramento cerca de las seis de la tarde. Un hombre mayor, prolijo, me paró con cara de que iba a pedirme direcciones. Me preguntó si yo era del litoral, 'de esos pagos del Paraná', dijo exactamente así. Le dije que sí, que era de Santa Fe, y entonces sacó de la billetera una foto chiquita, de esas en papel, y me mostró una costanera que reconocí antes de que me dijera dónde era. Era Reconquista, el mismo tramo de río donde mi viejo me llevaba los domingos cuando era chico. Me dijo que él había vivido ahí veinte años y que hacía tiempo que no volvía 'porque ya no queda nadie'. No le pregunté más. Me quedé un rato parado en la esquina después de que se fue, mirando la vereda como si el río estuviera ahí debajo.