El kiosquero de Boedo me saludó en el velorio de un hombre al que nunca presenté a nadie
Murió el señor Almada, que vivía en el pasillo del fondo de Virrey Liniers al 300, y yo fui al velatorio en la sala del Cementerio del Sur el martes a las seis de la tarde. No éramos amigos: nos cruzábamos en la esquina, compartíamos el silencio del barrio, esas cosas que en mis tiempos valían más que muchas conversaciones. Entre la gente vi a Roque, el kiosquero de Castro Barros y México, parado junto al féretro con cara de genuino dolor. Le pregunté en voz baja cómo lo conocía y me dijo, sin ningún drama: 'Era mi padre, don Tango, ¿no sabía?'. Treinta años comprándole el diario a ese hombre y nunca supe que el viejo Almada era su padre, que vivían a cuadra y media el uno del otro, que se encontraban los domingos ahí nomás y yo los veía pasar como si fueran dos desconocidos cualquiera. Como decía Discépolo, uno camina por la misma vereda toda la vida y no sabe lo que pisa.
