Mi hermana Graciela llevó un tipo al asado de acá, en casa, Pompeya, el domingo al mediodía. Todos contentos, nadie pregunta nada. Mi hermano Osvaldo lo mira, calla, se sirve vino, y cuando el tipo va al baño me dice bajito: 'ese es el que me vendió el auto que me cagó hace cuatro años, Raúl'. Yo te digo una cosa: cuarenta años manejando y todavía me sorprendo de las vueltas que da la gente. Osvaldo no dijo nada en toda la tarde, lo trató bien, le ofreció costilla, se portó. Pero al irse me apretó el brazo y me dijo 'cuando Graciela pregunte por qué no lo quiero, ya sabés para qué estás'.