Tenía dieciséis años cuando empecé el cuaderno. Lo llamaba 'registro de agravios' y lo guardaba en la funda de una carpeta de geografía, hoja cuadriculada, letra chica, fechas exactas. Hace tres semanas mi mamá lo encontró vaciando el altillo de Nazca al 4300, lo leyó entero y lo dejó arriba de mi cama sin decir nada. Lo mejor es el detalle de las correcciones: con birome roja, al margen de cada entrada, ella escribió cosas como 'no fue así' o 'ese día vos llegaste tarde primero'. Hay una entrada del 14 de agosto de 2000 donde yo digo que me ignoró en el desayuno y ella anotó 'estaba llorando, no te quería preocupar'. No hablamos del tema. El silencio dice todo, pero este silencio tiene capas que todavía no terminé de entender.