El viernes a la noche estaba escuchando cumbia en el patio de casa, en Lomas, como siempre. A las 23:15 golpeó el portón el Darío, el del fondo, a quejarse del volumen. Cuando lo miré de frente tenía puesta una remera azul de Las Leonas con una mancha de lavandina en el cuello, igualita a la que yo reporté al encargado del consorcio en abril porque había desaparecido del tendedero. Me quedé helado y no supe ni qué decir, solo bajé el volumen. Después fui al consorcio a buscar el papel donde había escrito el reclamo y el encargado me dijo que nunca se lo había entregado nadie, que él no sabía nada. Ahora cada vez que lo cruzo al Darío en la escalera me mira raro, como si él también supiera que yo sé.