Estaba en la barra del Rufino, miércoles, cerca de la medianoche. La mina había caído el lunes con uno, el martes con otro, los dos con el mismo regalo de entrada: un Aperol que yo preparé y que ellos pagaron como si fuera idea suya. La tercera noche entró con mi primo Rodrigo, que había llegado ese día desde San Miguel a visitarme. Me miró, me presentó, dijo 'él es Tucu, el mejor barman de Buenos Aires', y yo le di la mano a ella como si no la conociera de nada. Le hice el Aperol igual que las dos noches anteriores y no dije una palabra. Después, cuando Rodrigo fue al baño, ella me miró directo y me dijo en voz baja 'sos un caballero'. Che, qué cosa. Allá esto no pasa, o al menos no te cae en la barra.