mi papá guardó todos los mails que le mandé al colegio diciendo que estaba enfermo y los leyó en voz alta en la cena del domingo
Año 2002, tercer año del secundario. Mi viejo era el que firmaba las justificaciones en papel, así que yo creía que ahí terminaba todo. El domingo pasado, en el asado en su casa de Floresta, sacó una carpeta azul con gomita —de esas de librería— y adentro estaban impresos, en orden cronológico, veintidós mails que yo mandé desde el Hotmail familiar haciéndome pasar por él. Los leyó uno por uno, con la voz de presentador de noticias, mientras mi hermana se ahogaba de la risa. Lo mejor es el detalle de que los tenía clasificados por mes y con resaltador amarillo en las frases más creativas: 'cuadro gripal atípico', 'proceso digestivo en curso', 'consulta de urgencia con el gastroenterólogo'. Me quedé sin palabras no por la vergüenza sino porque el verdadero giro es que él sabía todo y nunca dijo nada —me dejó terminar el año igual.
