Estaba en la cocina de mi vieja, Navidad del año pasado, cuando me dijo que quería mostrarme algo antes de hablar del posgrado. Sacó de la cómoda un cuaderno cuadriculado azul, tapa dura, el que yo usaba para 'registrar mis materias' en tercero del secundario. Adentro estaban mis notas reales al lado de lo que yo le informaba a ella: 7 real, 9 declarado. 5 real, 8 declarado. Columnas. Prolijas. Lo mejor es el detalle de que yo había sumado los promedios con calculadora — ambas versiones. Me quedé callado un rato largo y ella me dijo, tranquila, 'te lo muestro porque el posgrado te lo pago, pero quiero que sepas que siempre supe'. El verdadero giro es que nunca me retó. Ni ese día ni en aquel momento.