Mi hermana me llama el martes a la noche, 22:30, desde su casa de Haedo. Me dice 'escuchame, no le cuentes a nadie pero papá está yendo a un médico y no nos dice por qué'. Habíamos estado hablando diez minutos cuando escucho una respiración rara del otro lado y mi hermana dice 'pará, ¿quién está ahí?' Silencio. Y después la voz de mi viejo: 'soy yo, atendí sin mirar, pensé que era Caro'. Era yo. Me había llamado a mí antes y el teléfono había quedado conectado en el bolsillo. Lo escuchamos todo los tres al mismo tiempo sin que ninguno pudiera colgar. Al final mi viejo dijo que iba al cardiólogo, que no quería preocuparnos, y que por favor no lloráramos porque él estaba bien. Mi hermana lloró. Yo también. Él también, aunque después lo negó.